lunes, 7 de septiembre de 2015

Arte y drogas combinación explosiva






La idea de estética que el mundo tiene, innegablemente ha sido determinada por el arte en todas sus manifestaciones. Desde Da Vinci, hasta Warhol; de Cervantes, a Cortázar; de Beethoven, a Bowie.

Todos ellos, hombres que mostraron el rumbo de lo sublime del hombre, que trasciende el campo de las artes, y se disemina en todos los demás aspectos de la vida.

Es de consideración, preguntarse cuáles fueron los caminos de esos hombres que los llevaron a convertirse en los íconos que el resto asumimos como máximas de la estética. La historia hace presente a un personaje penumbroso: las drogas, y los universos que miles de artistas descubrieron a través de su uso, pero también las catástrofes que suscitó su uso.

Es innegable la afirmación de que las drogas deforman la realidad de quien las toma, simulando así atmosferas con rasgos distintos, pero, ¿en verdad son un factor determinante de franca creación? La respuesta está dividida, y no podría decirse cuál es correcta.

El escritor de culto estadounidense, Charles Bukowski, un hombre que se empinaba una botella de whiskey antes de ponerse a teclear (y que tiene más de 50 libros), una vez dijo: “Emborracharse fue bueno. Decidí que siempre me gustaría emborracharme. Aparta lo obvio y tal vez, si lo obvio está suficientemente lejos, no te volverás obvio para ti mismo”.

En contra parte, Stanley Kubrick dijo alguna vez: “Creo que en realidad las drogas son más útiles para la audiencia que para el artista. Creo que cosas como la unidad del universo, o la absorción de lo que significan las cosas a tu alrededor, o la persuasiva aura de paz y satisfacción no constituyen el estado ideal de un artista. Tranquiliza la personalidad creativa, lo que entra en conflicto con la furia que debería suponer el nacimiento de las ideas”.

Aldous Huxley, habló de la droga “soma”, en su más famosa obra “Un Mundo Feliz”; y era sabido que experimentaba con mezcalina, y otros estupefacientes. Los hombres de la “Generación Beat” reprochaban reciamente el “american way of life”, y utilizaban todo tipo de drogas a modo de respuesta rebelde a los convencionalismos.

Voltaire (1694-1778) era un bebedor empedernido de té (más de 60 tazas al día);  Pablo Picasso (1881-1973) uso enervantes como el opio para experimentar, la lista sigue. Después de la Primera Guerra Mundial, terminó la era dorada del opio, restringiéndose a un riguroso control médico. Fue cuando adquirió auge la heroína y la marihuana.

Opuesto a ello, también existe la feroz crítica que afirma que el artista, al ser poseedor de un talento especial y único (idea surgida del renacimiento), renuncia a su sensibilidad cuando busca estímulos artificiales que lo inspiren a crear. Es decir, un atajo tramposo para desentramar el misterio entre lo que se percibe y lo que se crea a partir de ello.

El cliché del músico drogadicto

La explosión del rock en los 60’s, lleva a pensar en la icónica figura del guitarrista tocando con gracia y descuido, en una nube de estridencia y confusión: Hendrix, Clapton, Richards, etc. Pero lo cierto es que desde antes, los músicos de jazz ya tenían esta tendencia, hombres como John Coltrane, Charlie Parker o Ray Charles usaban marihuana y heroína.

Posteriormente la estafeta fue cedida a los rockeros; y hoy, el mundo es testigos de los excesos del mundo del pop. Pero regresando un poco en el calendario, ¿Qué hubiera pasado si el científico Albert Hoffman no hubiera sintetizado el LSD? Es inconcebible el rumbo de la historia moderna sin el ‘boom’ del ‘amor y paz’ de los hippies.

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